«¿Qué somos?, sino los antihéroes de nuestra propia vida.» —filosofé aquel día.
¿Qué somos?, sino los antihéroes de nuestra propia vida, la antítesis de todos los sueños que teníamos de niños. ¿Qué elegimos?, sino el sufragio de nuestros miedos y principios, el hecho profundo de nuestra linea recta y farfullante que conocemos como vida. ¿Quién soy?, sino un escritor desfasado de todo concepto de éxito y condescendencia de un fino trabajo. ¿Qué soy?, sino una elegante mofa personal de Dios, nacida por los años de la decadencia y los lares que lindan con el olvido perpetuo de la sociedad que inmiscuye entre los bolsillos de sus hombres adinerados, chequeras de piel de bovino posiblemente muerto de un tiro en la cabeza para ser aislado de su senda protectora en aquel ambiente tan crudo y frío como lo serían los líderes de nuestros decaimientos y épocas.
Voy en el Impala, preguntandome distancia tras distancia cuál sería ahora, la época sinergica en que me encontraba. Perdiendo los trechos por donde arrasaba la insípida velocidad de aquel fino móvil que pertenecía a mí gracias al hecho de haber vendido un terrible manuscrito a las productoras Americanas que tiempo después supe que sería un gran éxito en el teatro Dolby el cual años siguientes se encontraría en hermosas y sutiles condiciones para ser dinamitado en el estado de Cincinnati. Me dirigía a los bares en busca de suficientes historias para escuchar aquella noche y alguna que otra mujer para compartir el olvido superfluo otro día. Transcurría y aumentaba los kilómetros de mi bestial máquina que dichosas las concindencias olvidadizas vestía un precioso rojo que tiempo atrás y adelante había y sería llenado de lagrimas, lluvia y sangre.
Me detengo en el Troum. Sus pilares incrustados en el Boulevard Principal haciendo una refinada y estilosa contra esquina con Fifty Street me recordaron aquellas noches de ternura plástica en las que conocí a feminas como Anike Fairtrop, Laila Luthemberg o Sidney Boyd.
Y así, todo accidente fatal en mi vida, tenia nombre de mujer.
Estacioné el Impala a unas calles del smog y el estruendo de Los Angeles, dejando a la deriva mis pensamientos y mis ilusiones sobre el piso donde moría y revivía todas las noches. ¿Podría alguien escucharme gritar si muriera?, ¿si mi cabeza explotara?, ¿si mi profundidad incautada en una cuna de mis recuerdos asechada por la sombras de mis secretos fuera descubierta?, buscaba historias en aquellos bares para sosegar los gritos dentro mío, la culpabilidad al ser un hombre de letras sin ideas, indgando entre las historias de la gente para posiblemente, en una de ellas, sufrir una catarsis profunda en lo que mi temible existencia sucedía y desistía.
Con las zapatillas de cuero sucias hice un movimiento para llevar mi pie derecho hacia mi pantorrilla izquierda para limpiar la suciedad del lodo, lodo que posiblemente se había posesionado en mi calzado al usar estos por ultima en el asolado y lejano funeral de mi madre, víctima de soledad, adicción al cigarro y cáncer de seno. Pase por las puertas de vidrio adornadas en lo alto con diferentes luces cambiantes de neón, en ellas se encontraba la inscripción: But I Could Only Find Cigarretes and Alcohol, desvistiendo mi vista de aquel rotulo luminoso me dirigí hacia la barra y encargué dos onzas de Controy y media de jugo de limón, había descubierto esta bebida cuyo nombre tenia como “MaryJoy” a principios de los 70s, empezando mi gusto por los bares, la música punk y el anarquismo con una solida mezcla de alucinógenos, alcohol y autodestrucción, sin duda alguna, los 70s en acción.
Visualice a los personajes que en ese dubitativo rúa, siendo pocos los que me atraían con su distinguida curiosidad sobre toda la demás turba danzante de acordes disonantes, ritmos poco singulares y la voz de una cantante posiblemente líder de la banda que tocaba al fondo un cover vacío de The Who.
Con una duda desesperante, la mujer al fondo de la barra con rasgos similares a Greta Garbo acompañada de un insinuante amante, el cual, incluso, me atrevería a decir, mangante eran quienes más me atraían. Pero así como la primera vez que me acerque a un ente a preguntar su historia para mi novela y esperar un muy seguro rechazo, esa sensación se repitió como el vomito, las nauseas y la presión dentro del avión en mí.
(…)
(via somedevil)